EL CABILDO CATEDRAL DE VALLADOLID DE MICHOACÁN AL INICIO DE LA GUERRA DE INDEPENDENCIA (1810-1811) PDF Imprimir E-mail
Escrito por Juvenal Jaramillo M.   
Domingo, 06 de Diciembre de 2009 20:51

Centro INAH-Michoacán.

  

El concepto de crisis y su utilización en este trabajo.

En el presente texto trato de desarrollar un fragmento de la historia del Cabildo Catedral de Valladolid de Michoacán durante la guerra insurgente a partir del concepto de crisis. Mas el concepto de crisis no debe entenderse en este caso como un momento de decadencia y descomposición, sino como una etapa de prueba, de examen y de momento decisivo, que fue precisamente lo que vivió aquella corporación eclesiástica a lo largo de casi todos los años que duró el movimiento iniciado por Miguel Hidalgo.

Por razones de la naturaleza de este trabajo me concentraré aquí, sin embargo, en los primeros seis meses de la guerra. Y es que, especialmente, en ese primer semestre de la guerra insurgente el Cabildo Catedral de Valladolid de Michoacán atravesó por una de las crisis más marcadas en su historia y que tuvo diferentes motivos y a la vez ramificaciones.

 

Aquel momento de prueba y tránsito por un momento coyuntural y decisivo se debió a varios factores externos a la propia vida capitular: la emigración de la ciudad por parte del obispo y varios prebendados de origen español al saber de la proximidad de Miguel Hidalgo y su hueste a Valladolid de Michoacán; la declaración hecha por este caudillo, en represalia por lo que consideró un desaire, de las vacantes de casi todas las prebendas; la toma de diferentes cantidades de dinero, pertenecientes a la catedral, hecha por aquel caudillo y sus lugartenientes; la actitud hostil que asumió el brigadier realista José de la Cruz contra casi todos los individuos de aquella corporación por considerarlos simpatizantes del movimiento encabezado por el cura de Dolores y, finalmente, el colapso de la producción decimal en casi todo el obispado de Michoacán a consecuencia de la guerra.

 

Como podemos ir advirtiendo, aquella comunidad catedralicia llegó a estar en mal con una y con otra de las partes en guerra. Y es que una y otra de las partes en guerra exigían definiciones que eran difíciles de mostrar en esa etapa del conflicto, además de que la diversa composición social del cabildo y sus fuertes vínculos con el rey de España le dificultaban el consenso frente a un asunto tan trascendental.

 

El Cabildo Catedral antes de la entrada de Miguel Hidalgo y su hueste a la ciudad.

Uno de los factores que debieron influir en el rumbo que tomó la historia de nuestra corporación al inicio de la insurgencia fue el hecho de que las dos dignidades más importantes estaban vacantes: el cargo de deán, que desde 1797 ocupaba el doctor Juan Antonio de Tapia, estaba vacante por la muerte de su titular el 15 de agosto de 1810. Asimismo, el segundo dignidad en importancia jerárquica, el arcediano doctor Ramón Pérez Anastáriz, había muerto el 15 de septiembre de 1807.

 

De manera que quien hacía de cabeza del Cabildo Catedral, por la jerarquía del cargo que ocupaba, pero también por ser el hombre de mayor antigüedad en la corporación, era el chantre, el licenciado José Mariano de Escandón y Llera, conde de Sierra Gorda, criollo originario de Querétaro, quien desde 1773 formaba parte del senado episcopal michoacano y quien contaba con un importante influjo entre mucha gente de la ciudad capital.

 

Aquella circunstancia, ciertamente fortuita, de la muerte de los dos principales dignidades (Juan Antonio de Tapia y Ramón Pérez Anastáriz), había puesto pues a un criollo a la cabeza del senado episcopal michoacano, situación que se reflejó en un mayor protagonismo político del grupo de prebendados criollos en los graves asuntos del día. Por ejemplo, cuando el día 23 de septiembre de 1810 era ya sabida en la capital michoacana la noticia del levantamiento de Miguel Hidalgo y de que los insurgentes se dirigían hacia ella, el intendente interino, don José Alonso de Terán, libró un oficio al cabildo eclesiástico pidiéndole una diputación para celebrar ese mismo día una junta en su casa "para tratar sobre las disposiciones que debían tomarse a fin de defender y resguardar la ciudad de la destructora seducción del cura de Los Dolores". Entonces, José Mariano de Escandón nombró como diputados para acudir a aquella junta al canónigo licenciado Agustín de Ledos y al canónigo doctoral doctor don Gabriel Bartolomé Gómez de la Puente, es decir, un peninsular y un americano.

Todo parece indicar que en esa junta sostenida en la casa del intendente interino y asesor letrado don José Alonso de Terán no se trataron más que aspectos meramente militares, pues los resultados que de dicha reunión conocemos son los de que el mando de todo el ejército existente en la ciudad recayó en el sargento mayor del regimiento provincial, don Manuel Gallegos, de que el mando de las tropas urbanas recayó en el capitán retirado don Juan Antonio Aguilera y que como flamante comandante de la caballería resultó electo ni más ni menos que el señor canónigo de la catedral licenciado Agustín de Ledos.

 

Según Carlos Maria de Bustamante, entre las corporaciones habidas en ese entonces en Valladolid de Michoacán, "el cabildo eclesiástico tenía entonces la prepotencia porque tenía a su disposición crecidas sumas de dinero [por lo que] fue el primero en tomar medida hostiles" contra el avance de Hidalgo y sus seguidores hacia la capital michoacana. Al mismo tiempo, dice también que "creyóse que en su seno, así como en el senado de Roma, habría hombres capaces de llenar toda clase de empleos, y así es que de su centro salió el prebendado D. Agustín de Ledos para ponerse a la cabeza de un cuerpo de tropas que comenzó a alistar y ocuparse", cosas todas equivocadas, pues no fue el cabildo eclesiástico el primero en tomar medidas hostiles contra la posible ocupación insurgente, sino que, como ya vimos, fue en una junta convocada por el intendente interino –quien tenía las facultades para ello, pues la ordenanza de intendentes le confería potestad en el ramo de guerra- donde se decidió defender la ciudad y para ello organizar la tropa. Por otra parte, el carácter de improvisado comandante de caballería, con que el señor Ledos resultó en aquellos días, no fue una decisión del cabildo sino, como también ya vimos, fue asimismo una elección de los concurrentes a aquella junta, a la cual sólo fueron los señores Ledos y Gómez de la Puente por parte del cabildo catedral.

 

Es posible que el canónigo Sebastián de Betancourt y León, criollo originario del puerto de Veracruz, haya deseado resultar electo por el señor Escandón y Llera para asistir a la junta en la casa del intendente interino, pues un día después de aquella reunión y de las anteriores comisiones, y ya por su propia cuenta, se presentó ante don José Alonso de Terán ofreciendo su persona "como fiel vasallo del rey Fernando VII para que se le ocupase en cuanto se considerara útil", y la comisión fue la de que dotase de uniformes a unos hombres que hasta entonces habían carecido de ellos: que vistiese a la tropa de caballería que había quedado al mando del canónigo Ledos, que vistiese a las milicias urbanas al mando de don Juan Antonio Aguilera y a algunos artilleros, todo lo cual le valió para que el obispo electo Manuel Abad y Queipo lo nombrase al día siguiente su teniente vicario general del ejército

 

Por otra parte, cuando el día 4 de octubre de 1810 se recibió en la catedral otro oficio del mismo intendente interino pidiéndole al señor Escandón el nombramiento de dos diputados para celebrar una junta a las cuatro de la tarde de ese mismo día, con el propósito de acordar el mayor número de medidas posibles a fin de llevar a cabo la defensa de la ciudad, la elección recayó nuevamente en un peninsular, el canónigo lectoral doctor José Díaz de Hortega, y en un criollo, el canónigo doctoral don Gabriel Bartolomé Gómez de la Puente.

 

Pero Hidalgo y sus gentes no dejaban de avanzar hacia la ciudad de Valladolid de Michoacán, y en cada población se les unía más y más gente, de manera que, el 13 de octubre, el obispo electo Abad y Queipo envió un oficio a su cabildo en el cual le notificaba que se iba para México ese mismo día, por lo cual le devolvía el gobierno de la mitra que aquella corporación le había delegado como obispo electo. El argumento que daba el prelado para dejar su obispado era el de que el virrey le había insistido en que se pasase a la capital del virreinato, pues "deseaba aprovecharse de su celo y patriotismo en asuntos muy importantes al servicio de Dios y del rey". Fue aquel mismo día que el cabildo nombró a José Mariano de Escandón y Llera "como gobernador absoluto de la mitra, confiriéndole todas las facultades que en virtud de aquella devolución" recayeron en el senado episcopal.

 

En realidad, aunque como vimos, el obispo electo decía que se marchaba a la ciudad de México llamado por el virrey para "aprovecharse de su celo y patriotismo", lo cierto es que en su decisión debió resultar definitivo el hecho de que aquel día que envió su oficio al cabildo, el 13 de octubre de 1810, se había celebrado una junta de varios vecinos y autoridades de la ciudad, junta en la cual se había tomado la decisión de entregar la ciudad a las huestes de Hidalgo al tener noticias de lo numeroso del ejército de este caudillo y de que, por lo tanto, la pretendida defensa sería inútil y posiblemente sólo un inductor a un verdadero baño de sangre. Además, ese mismo día se habían comenzado a retirar los utensilios de guerra que se habían colocado y la tropa se había concentrado en sus cuarteles.

 

Además, desde los inicios mismos de la insurgencia, don Manuel Abad y Queipo había estado recibiendo diferentes cartas de algunos curas párrocos del obispado, en las cuales le daban pormenores sobre la ocupación de sus parroquias por los insurgentes, y la tónica de todas ellas era el miedo que dominaba a los habitantes de las poblaciones ocupadas y a los curas que no apoyaban el levantamiento iniciado en Dolores. Algunos párrocos españoles habían abandonado a su feligresía, otros habían dejado el curato encargado con algún vicario y muchos de ellos, criollos contrarios a la insurgencia, habían tenido que hacer creer a su feligresía que estaban con el movimiento de Hidalgo, pues daban la bienvenida a la hueste de éste caudillo cantando el Te Deum y celebrando misa.

 

Abad y Queipo dedujo otra cosa de aquellas cartas, y seguramente esto fue otro de los factores que lo llevaron a acometer fuertemente contra la insurgencia: había deducido que el movimiento encabezado por Hidalgo tenía un fuerte tinte antigachupín, por lo cual desde una semana antes de su partida hacia la ciudad de México había estado conminando a todos los españoles residentes en Valladolid de Michoacán a que abandonaran la ciudad "pues la tirria era por ellos", además de que los insurgentes eran muchos "y que en este caso no había más que darse", en todo lo cual coincidía el intendente interino.

 

La marcha del señor obispo electo a la ciudad de México contradecía lo que él mismo pedía de sus curas párrocos, pues una horas antes de su partida, y en alusión a las dudas que se le planteaban sobre la comunicación que se debía tener con aquellos a quienes él había fulminado excomunión, había dicho que "el peligro de muerte no excusa la infracción de los preceptos de Dios, y que todo cristiano, y especialmente el clero secular y regular, y más especialmente los que tenemos a nuestro cargo el cuidado de una porción del rebaño del señor, estamos obligados a sostener la fe, la santidad de la religión y de la moral evangélica a costa de la vida si fuere necesario para su conservación, y que todos debemos sacrificarla antes de aprobar el error y aprobar como virtudes la rebelión, el robo, la persecución de los inocentes, la anarquía que ha comenzado y debe asolar el reino si no se contiene la insurrección del cura Hidalgo y sus secuaces".

 

Algunas semanas después de la retirada del prelado de Michoacán, don José Mariano de Escandón y Llera reconoció que uno de los motivos que había tenido su obispo para marcharse así, tan precipitadamente, habían sido "las fatales noticias que llegaron a esta ciudad, exageradas hasta el último grado de consternación, de la entrada de los insurgentes a la de Guanajuato". No obstante, el abandono de su mitra por parte de Abad y Queipo había provocado, según Escandón, "bastante desconsuelo de este público", además de haber causado "un terror universal en los ánimos de todos, creyendo que era inevitable la muerte o la dura y estrecha comunicación con los revolucionarios".

 

La decisión de don Manuel Abad y Queipo de partir hacia la ciudad de México, así como sus conclusiones acerca del "antigachupinismo" de la empresa encabezada por Hidalgo, movieron a casi todos los prebendados de origen español a también irse de la ciudad; de manera que, cada quien tomando un rumbo diferente y valiéndose de diferentes medios, partieron hacia la capital virreinal los montañeses Manuel de la Bárcena y José de la Peña y los andaluces Agustín de Ledos y Francisco de Borja Romero y Santa María. Los prebendados europeos que decidieron quedarse en la ciudad, quizá por carecer de los medios para trasladarse precipitadamente a la ciudad de México, por dudar de la violencia con que se decía que se conducían las huestes de Hidalgo, o simplemente por tomar la decisión de encarar el momento y quizá tratar de contribuir en la pacificación, fueron el canónigo lectoral José Díaz de Hortega, el racionero José Flores Estrada y el medio racionero Antonio Laureano Cortés. Está por demás decir que fue entonces cuando se dio un predominio del grupo de los criollos en el Cabildo Catedral de Valladolid de Michoacán.

 

Es posible que aquel sentimiento de orfandad que se dejaba sentir entre el público de Valladolid de Michoacán, al ver a su obispo y al intendente interino fugarse, haya fortalecido la autoridad moral de los que tomaron la decisión de permanecer en la ciudad y participar en las juntas que para la defensa y gobierno de la ciudad se seguían celebrando.

 

Fue de esta manera como el primer capitular en entrar en contacto directo con los jefes insurgentes fue precisamente un prebendado criollo: el canónigo Sebastián de Betancourt y León (aquel veracruzano que había recibido la comisión de vestir a las tropas que teóricamente defenderían valientemente la ciudad). Esto porque, ante la ausencia del intendente interino, el regidor alcalde ordinario del Ayuntamiento, don José María Anzorena, había convocado a otra junta, esta vez el 15 de octubre, y a la cual asistieron la mayoría de los prebendados, comerciantes y militares residentes en la ciudad para elegir a tres personas que representasen, cada una de ellas, a la Iglesia, al Ayuntamiento y al Ejército, respectivamente, y pasasen al pueblo de Indaparapeo a conferenciar con los jefes insurgentes, que ya habían llegado allí, y decirles que la ciudad se rendía, que no había necesidad de hacer violencia ninguna, y que respetasen los bienes de los comerciantes y de la Iglesia. Y Betancourt había resultado electo para representar a la Iglesia.

 

Un día antes de que el licenciado Sebastián de Betancourt saliese rumbo a Indaparapeo, y dos días antes de que las fuerzas de Miguel Hidalgo ocupasen la ciudad, don José Mariano de Escandón, en su calidad de gobernador absoluto de la mitra, había levantado la excomunión en que había declarado el obispo electo que incurrían el cura de Dolores y "sus secuaces", y es muy posible que Betancourt llegase a Indaparapeo con esa noticia y que se la comunicase inmediatamente a don Ignacio Aldama, primer jefe insurgente a quien contactó, y luego al mismo Hidalgo, a quien pidió que a su entrada a Valladolid de Michoacán "se respetasen los templos, sacerdotes, monjas y colegio de niñas educandas".

 

Es evidente que los miembros del Cabildo Catedral de Valladolid de Michoacán, aún los criollos, desaprobaban los medios empleados por el cura Hidalgo para insurreccionarse contra el gobierno español y más aún reprobaban los excesos como los cometidos en Guanajuato. En diferentes documentos emitidos por el obispo y los prebendados que escribieron al respecto en esa época se reiteran los conceptos de anarquía, violencia, desorden, saqueo y destrucción; conceptos y medios todos en los cuales no podían consentir ni estar de acuerdo aquellos que eran de la crema y nata de la Iglesia. Es quizá por ello que, en una medida que les acarrearía un choque frontal con el caudillo de Dolores, acordaron, cuando las fuerzas de éste ya pisaban sobre territorio vallisoletano, que no le harían demostración alguna, y que al tiempo de verificarse la entrada de Hidalgo a la ciudad, se cerrasen las puertas de la catedral "y permanezcan en ese estado hasta la hora que exija el coro, y que los señores capitulares se retiren a sus casas con la mira solamente de visitar en lo privado a dicho cura, si se vieren precisados y no puedan menos, por evitar un ultraje o desprecio que él mismo quiera inferirles".

 

El cabildo catedral durante la estancia de Miguel Hidalgo en la ciudad.

Aunque desde el día 15 de octubre había entrado a la ciudad de Valladolid de Michoacán un pequeño contingente de insurgentes al mando del coronel Rosales, y el día 16 había ingresado otra pequeña avanzada a las órdenes del coronel Mariano Jiménez, fue hasta el día 17 cuando hizo su entrada "la grande o informe masa de hombres" –como los calificó Carlos María de Bustamante- al mando del cura Hidalgo, don Ignacio Allende, don Ignacio Aldama y Mariano Balleza.

 

Aquel día se daría el conocido incidente de la declaratoria de vacantes de la mayoría de las prebendas del cabildo catedral por parte de Miguel Hidalgo, acción que no tenía validez jurídica ninguna por no ser el cura de Dolores ningún tipo de autoridad que poseyese el patronato real, concesión papal hecha privativamente a los reyes de España, y que parece haber sido más un impulso del jefe insurgente movido por la indignación y posiblemente como un mecanismo de presión para contar con la colaboración de los capitulares en ese momento. Vale la pena comentar aquel episodio, sin embargo, porque, aunque sin sustento jurídico, nos muestra la imagen que de unos y otros prebendados tenía el nacido en Corralejo, además del momento emocional que vivía, la circunstancia histórica de arrogarse facultades de soberano, y la hipotética vinculación de algunos de aquellos con el proyecto independentista.

 

Habiendo pues llegado de Indaparapeo a Valladolid de Michoacán a las doce del día, quiso aquel caudillo insurgente asistir a misa en la catedral. Él, acostumbrado a que en la mayoría de las poblaciones por las que había pasado lo habían recibido con Te Deum y misa solemnes, se encontró con que en la mismísima iglesia catedral de su diócesis estaban cerradas las puertas -según habían acordado los miembros del cabildo-, y que la misa del mediodía no se celebró. De hecho, si el jefe insurgente pudo ingresar ese día a la catedral fue porque las puertas fueron abiertas por unos mozos de la sacristía. Luego, ningún funcionario eclesiástico de importancia salió a recibir al caudillo, tal y como posiblemente él esperaba y se acostumbraba en actos oficiales y en la asistencia del intendente o del Ayuntamiento por convite a la catedral; los que recibieron al cura de Dolores en las puertas de la catedral fueron "unos cuantos capelanes de coro", quienes lo acompañaron hasta su sitio para cantar "el Te Deum con el órgano mal tocado". Todo esto de encontrar las puertas de la catedral cerradas, el no ser recibido por clérigo alguno de jerarquía, y lo mal cantado del Te Deum, hizo irritar enormemente a Hidalgo, quien concluyó en que aquel frío recibimiento había sido provocado por la falta de consideración a su persona por parte de los capitulares, por lo que al salir de su oración y de oír aquel remedo de Te Deum dio la orden al maestro de ceremonias de que avisase al padre apuntador de que en ese momento quedaban vacantes todas las prebendas de la Iglesia, "menos las del señor conde (Mariano Escandón y Llera), señor Gómez Limón y la del señor Betancourt", según testimonio dado por éste mismo eclesiástico.

 

El mismo Sebastián de Betancourt dijo, casi un año más tarde, que Hidalgo le respetó su prebenda "porque fue al parlamento"; es decir, porque había ido a recibirle y entrevistarse con él en Indaparapeo. Pero, ¿el sólo hecho de "haber ido al parlamento" habría salvado a Betancourt de la furia del cura de Dolores, o habría algo más? Nosotros nos inclinamos por esto último, pues el mismo canónigo aquí referido insinuó que durante su visita a Indaparapeo convivió con el caudillo insurgente en la casa cural, comieron juntos e hicieron oración juntos. No hay más datos, pero los anteriores nos llevan a pensar en que en aquel entonces se trabó un trato cordial entre ambos, pues además hay que tomar en cuenta que Betancourt había ido a Indaparapeo en "plan diplomático" y sin intenciones de confrontación y sí a notificar de la entrega pacífica de la ciudad.

 

Por lo que hace al señor conde, Mariano Escandón y Llera, es posible que se le haya respetado su prebenda porque sólo tres días antes había absuelto a los insurgentes de la excomunión en que los había declarado incursos el obispo electo Manuel Abad y Queipo. Otra posible explicación es por la alta consideración en que mucha gente tenía a este clérigo criollo. Muchos lo apreciaban y le estaban agradecidos por sus obras benéficas como el haber sido el principal promotor de la erección de las cátedras de derecho civil y canónico en el Colegio de San Nicolás, en 1798, y de la de matemáticas, en 1802, además de que de su propio bolsillo sostenía el beaterio de carmelitas de la ciudad. De hecho, el conde de Sierra Gorda había sido varias veces superintendente del Colegio de San Nicolás en la época en que Miguel Hidalgo residió en él, ya como estudiante, ya como catedrático y ya como tesorero, vicerrector y rector.

 

Por lo demás, el conde de Sierra Gorda contaba con una amplia y ostentosa casa sobre la calle real, a dos calles de la catedral, y en ella celebraba tertulia frecuentemente, a la cual asistían varios vecinos del obispado interesados en las noticias nuevas y en los asuntos de "economía política", como se les llamaba en aquella época a los proyectos políticos que tenían como propósito promover la producción agrícola y artesanal y dinamizar el comercio, principalmente.

 

Pero no está de más decir que, en enero de 1811, el brigadier realista José de la Cruz retrató a don Mariano de Escandón y Llera como "un sujeto que goza una influencia extraordinaria en el pueblo". Sin embargo, lo que molestaba a De la Cruz no era en sí la antedicha extraordinaria influencia de este hombre, sino el hecho de que él, el mismísimo presidente del cabildo, era "adulador del cura rebelde Miguel Hidalgo y sus otros compañeros", todos los cuales se reunían en la casa del conde de Sierra Gorda a jugar billar y a "conferenciar públicamente sobre la insurrección, poniéndose él de parte siempre de los revoltosos". Por su parte, un autor anónimo decía que este prebendado tenía por pasatiempo favorito el de celebrar tertulia en su casa, y a ella invitar "a los principales insurgentes de aquel suelo".

 

Por lo que hace a Gómez Limón, está aún menos claro porqué Hidalgo le respetó su prebenda. Sin embargo, sabemos algunos datos sobre el doctor don Ildefonso Gómez Limón que nos pueden sugerir alguna respuesta a aquella duda. Por principio de cuentas, hay que decir que ese clérigo, antes de ser miembro del Cabildo Catedral de Valladolid de Michoacán, había sido cura y juez eclesiástico durante once años en Irapuato, población en la cual era enormemente apreciado por haber promovido varias obras de caridad e impulsar muchas obras públicas. A su salida como cura de Irapuato a ocupar la canonjía magistral en el Cabildo Catedral de Valladolid de Michoacán, este personaje siguió haciendo frecuentes viajes y pasando largas estancias en aquella población y en ranchos y haciendas de amigos, pues al parecer había creado fuertes vínculos con las gentes de ahí y con el mismo lugar. Sus vacaciones, pues, y sus patitur, los pasaba en esa población abajeña y eventualmente en Querétaro. De hecho, a la entrada de Hidalgo a la capital michoacana Gómez Limón se encontraba en Irapuato recuperándose de una enfermedad.

 

Muy seguramente Gómez Limón era conocido por Miguel Hidalgo, pues en todo el obispado de Michoacán gozaba de fama de gran orador, de muy ilustrado y de tener muy buen gusto por la música y la literatura. Además, como hemos visto, ese capitular acostumbraba a pasar largas temporadas en el bajío. Por otra parte, siempre había estado relacionado con la ilustración y la academia: había sido cercano al arzobispo Antonio de Lorenzana, y al obispo de Michoacán Luis Fernando de Hoyos y Mier, además de haber ingresado al Cabildo Catedral de Valladolid de Michoacán por oposición, al ganar en 1787 la canonjía magistral.

 

Hemos dicho ya que aquella declaratoria de vacantes de la mayoría de las piezas capitulares no tenía sustento jurídico alguno, que no debe verse como un acto premeditado con el cual Hidalgo buscaba arrogarse los privilegios del patronato real, sino como un impulso momentáneo del caudillo. Sin embargo aquello no dejaba de preocupar a los prebendados residentes en la ciudad, algunos de los cuales, en prevención de alguna otra medida contra ellos o de algún acto de violencia contra sus personas o bienes, y acatando lo que se había dispuesto en aquel Pelícano de 16 de octubre de 1810 en que se decidió no hacer demostración alguna a Hidalgo y sí que podían visitarlo en lo privado, el mismo 17 de octubre los medios racioneros Francisco Hilario Silva y Juan José Corral Farías, ambos criollos y que pocos años antes habían sido curas en el mismo obispado de Michoacán, fueron a ver a Hidalgo a donde estaba hospedado; pero apenas aparecieron en la pieza donde se encontraba el caudillo insurgente cuando éste, "lleno de cólera y echando espuma por la boca los comenzó a maltratar", insultándolos y "deprimiéndolos hasta llamar a gritos a la guardia que lo rodeaba, para arrestarlos en la cárcel pública, mandándoles formar sumaria…".

 

En ese momento llegaron los capitulares canónigo Sebastián de Betancourt y el medio racionero Juan José de Michelena, quienes reiteraron las disculpas de parte del cabildo, con lo cual se fue calmando el enojo de Hidalgo. Parece ser que, finalmente, los que fueron arrestados en la cárcel pública fueron los medios racioneros españoles Francisco Hilario Silva y Antonio Laureano Cortés y Olarte; éste último, en cuya casa estaba hospedado en ese momento Miguel Hidalgo.

 

La crisis de la colegialidad capitular.

A aquellas fugas de capitulares europeos hacia la ciudad de México, a los patitur y recles de que gozaban algunos otros, y a los antedichos arrestos ordenados por Hidalgo, se sumaron las enfermedades –ciertas o fingidas- de algunos de los prebendados que quedaban en la ciudad. Por ejemplo, el medio racionero doctor Juan José de Michelena consiguió patitur para retirarse a su hienda de La Parota, alegando problemas en las vías respiratorias; el medio racionero licenciado José María Zarco Serrano dijo estar "enfermo de una inflamación de hígado, complicada con humor venéreo", por lo cual se retiró a Pátzcuaro en busca de la salud; y el medio racionero licenciado Miguel Díaz Rábago también mostró una certificación médica en la cual comprobaba que "era un enfermo habitual de ictericia periódica".

 

Otros estuvieron muy ocupados con las cosas del momento, aunque su actuación tuvo diferentes tintes. Por ejemplo, el multicitado canónigo licenciado Sebastián de Betancourt anduvo muy cerca de Hidalgo y del intendente colocado por el jefe insurgente, don José María Anzorena; de manera que ya le daba al cura de Dolores explicaciones sobre la actitud fría del cabildo eclesiástico a su entra a la ciudad, ya lo acompañaba a comer, ya se entrevistaba con Anzorena para tratar asuntos del gobierno de la ciudad, y hasta se dio tiempo, según él, para calmar un tumulto de más de 400 personas que querían degollar españoles en la plazuela de Las Rosas.

 

En realidad, aunque Betancourt no le da crédito y ni siquiera lo menciona, quien jugó un papel importantísimo conteniendo a muchos saqueadores de casas y templos y que amenazaban con degollar a cuanto español se topasen, fue el medio racionero licenciado Jacinto Llanos y Valdés, el único capitular michoacano verdaderamente venerado en la ciudad por su ejemplo cristiano, que vivió de la caridad de los demás y cuando murió fue enterrado de limosna.

 

Por otra parte, otros capitulares de jerarquía como el canónigo lectoral doctor José Díaz de Hortega y el canónigo doctoral doctor Gabriel Gómez de la Puente, decidieron permanecer ocultos en sus casas mientras la hueste de Hidalgo estuvo acampada en las calles, plazas y portales de la ciudad, y mientas pasaba la amenaza que se cernía sobre muchos habitantes de Valladolid de Michoacán. Como era normal en este caso, todos esos hechos colocaron al cabildo eclesiástico en un momento crítico sin precedentes, pues el escasísimo número de capitulares residentes en la ciudad y que estaban en condiciones de cumplir con sus responsabilidades impactó en el desarrollo de diversas funciones que llevaba a cabo aquel senado episcopal. De entrada, se cancelaron la mayoría de las sesiones de cabildo ordinario que debían sostenerse, según los estatutos, dos veces por semana, para tratar los asuntos del gobierno espiritual y de la administración económica, respectivamente, y fue don Mariano Escandón quien asumió gran parte de la carga de la conducción de la Iglesia michoacana en ese momento, lo cual debe verse como un crisis de la colegialidad capitular establecida por el derecho canónico.

 

Por otra parte, el aislamiento de la ciudad y la pérdida de comunicación con los curas párrocos del interior del obispado impidieron al cabildo ejercer plenamente sus facultades en el gobierno espiritual de la diócesis, lo cual creó momentáneamente un vacío de poder en la diócesis y redujo el alcance del gobierno eclesiástico al casco de la ciudad.

 

Está de más decir que la asistencia al coro por parte de los capitulares residentes en la ciudad, durante casi tres meses, fue casi nula, cosa que contradecía la principal razón de existir del cabildo. Por lo demás, el propio maestro de ceremonias, algunos capellanes de coro y varios músicos de la catedral se sumaron a las fuerzas de Hidalgo desde su entrada misma a la ciudad, además de que el chantre, principal responsable del canto en el coro, era el conde de Sierra Gorda, más ocupado en ese entonces en los asuntos político-militares que en los del funcionamiento del coro.

 

Agravando la crisis que vivía el cabildo catedral y todos sus integrantes en ese momento, estuvo el factor económico; factor que había comenzado a significar un grave problema a partir del conocido secuestro de fondos de la clavería por parte de Miguel Hidalgo quien, mandando colocar cuatro cañones puntando hacia las oficinas de la clavería de la catedral, se llevó 114,00 pesos de ésta el 19 de octubre, y otros 6,000 el 14 de noviembre. Además, el antiguo vicario de la parroquia de Dolores y luego oficial del ejército insurgente, el bachiller Mariano Balleza, exigió en Valle de Santiago la entrega de 5,000 pesos más al administrador de diezmos de la catedral michoacana y otros 6,000 pesos al de La Piedad. En total, 131,000 pesos que esperaban los prebendados que les fuesen repartidos a principios del año 1811 como correspondientes a la parte de los diezmos que gozaban.

 

La crisis financiera del cabildo, que comenzó prácticamente con el estallido insurgente, tardaría más de 6 años en superarse, mientras una infinidad de trabajadores del campo estuvieron incorporados a la guerra y mientras los caminos que comunicaban a la capital michoacana estuvieron interceptados.

 

Aquellas acciones de Hidalgo y Balleza trajeron otra grave consecuencia para los capitulares de la catedral michoacana: el comandante general de las tropas realistas, José de la Cruz, al día siguiente de recuperar la ciudad de Valladolid de Michoacán de manos de los insurgentes, solicitó a don Mariano Escandón "una lista de los señores capitulares de esta Santa Iglesia, con expresión de los presentes y ausentes, y […] que se le diga la cantidad total que existe en dinero efectivo, correspondiente a esta Santa Iglesia, la que se entregó al rebelde Hidalgo, razón por que se hizo esta entrega, qué resistencia hizo el cabildo para ello y qué clase de fuerza empleó el rebelde para arrancarlo de las cajas".

 

En realidad, lo que había detrás de aquellas solicitudes era una fuerte sospecha del señor De la Cruz contra los miembros del cabildo catedral. Sospechaba, por principio de cuentas, que aquellos que habían huido hacia México habían sido débiles y timoratos ante la proximidad de Hidalgo y su hueste a la ciudad, y en el fuero interno de De la Cruz se ocultaba la idea de que, con aquello, no habían cumplido con el deber patriótico de resistir al enemigo. Sospechaba, también, que los prebendados que se habían quedado en la ciudad habían entrado en complicidad con el cura de Dolores y le habían cedido sin reparos aquellas cantidades de dinero.

 

Las consecuencias de esas sospechas serían también muy graves: por un lado, se inició una campaña de verdadero espionaje contra los capitulare michoacanos, espionaje en el cual depusieron varios personajes anónimos y en el cual salieron a relucir muchos aspectos de la vida política y de la privada de aquellos. A algunos, como el caso del conde de Sierra Gorda, esto le costaría tener que viajar a la corte virreinal y ser sometido a minuciosos interrogatorios y enseguida salir del círculo del poder que, de facto, ejercía en la Iglesia michoacana. A otro, como a Sebastián de Betancourt, le costó realizar toda una campaña para limpiar su imagen y hasta publicar una defensa de su persona y otras supuestas acciones e favor del rey.

 

Luego, José de la Cruz, Torcuato Trujillo y los demás comandantes realistas aprovecharían ese flanco vulnerable abierto en el cabildo para reiterar incansablemente sus solicitudes de donativos y préstamos en el supuesto de que, si le habían proporcionado dinero a Hidalgo, debían ahora proporcionar dinero a los realistas.

 

 

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Flash Informativo

En el marco de las celebraciones del Bicentenario de la Independencia de México y del Centenario de la Revolución Mexicana, la Conferencia del Episcopado Mexicano presentó la Carta Pastoral: “Conmemorar nuestra historia desde la fe para comprometernos hoy con nuestra Patria”, sumándose así al diálogo nacional por la construcción de un proyecto al servicio de la Nación que genere un futuro con esperanza para nuestro país.

 

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