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Instituto de Investigaciones Históricas
Universidad Michoacana de San Nicolás de Hidalgo
Introducción
El presente trabajo, tiene como propósito aclarar una serie de dudas y malas interpretaciones en torno a la vida académica de la ciudad de Valladolid de Michoacán, durante las últimas décadas del siglo XVIII y primeros años del XIX. Como es sabido, en el ambiente académico e ilustrado que caracterizaba por entonces a las dos principales instituciones educativas y clericales de la antigua Valladolid, se formaron durante su juventud estudiantil algunos de los caudillos más importantes de la independencia de México. Sin embargo, en general, considero que la bibliografía clásica sobre el tema se empeñó confusamente, hasta hace algunos años, en querer exaltar el papel protagónico de una u otra institución ?ya sea el Real y Primitivo Colegio de San Nicolás Obispo, o el Real y Pontificio Colegio Seminario de San Pedro, mejor conocido como Seminario Tridentino?, sin tomar en cuenta, más bien, la estrecha relación académica que desde un principio se estableció entre ambas instituciones, a raíz de un hecho singular: la expulsión de la Compañía de Jesús (en 1767), que precisamente se produjo en uno de los momentos de mayor auge académico en el Colegio de San Nicolás y en vísperas de la apertura definitiva del nuevo Seminario Tridentino de Valladolid. Espero que con las aclaraciones hechas a lo largo de este trabajo, podamos entender mucho mejor ese contexto, y que así, comprendamos también de mejor manera el proceso de formación académica de algunos ilustres personajes como Miguel Hidalgo, José María Morelos, los hermanos Michelena, Miguel Domínguez, Ignacio Rayón, José María Izazaga, José Antonio Soto Saldaña y Manuel de la Torre Lloreda, entre otros.
El Colegio de San Nicolás ante la expulsión de los jesuitas y la fundación del Seminario Tridentino (1759-1773)
En el año de 1759, a poco tiempo de su llegada a Valladolid, el nuevo obispo Pedro Anselmo Sánchez de Tagle, comunicó formalmente al cabildo eclesiástico su decisión de proceder de inmediato a la fundación del Seminario Tridentino de la diócesis de Michoacán. Para ello, ordenó que se buscaran en el archivo catedralicio todos los antecedentes de su fundación. Así, salieron a relucir el breve papal de Clemente VIII (dado en Roma, el 5 de abril de 1594) y una desconocida cédula real de Carlos II (de la que sólo sabemos su fecha, expedida el 8 de diciembre de 1671), que ya habían ordenado erigir el Seminario Tridentino de la diócesis michoacana sobre las bases del antiguo Colegio de San Nicolás Obispo, fundado por don Vasco de Quiroga en el siglo XVI. Pero como es sabido, dicha fundación tridentina no había podido llevarse a cabo en el obispado de Michoacán, ante la férrea defensa que el cabildo eclesiástico había hecho siempre del derecho de vicepatronazgo sobre el Colegio de San Nicolás, que les había heredado el obispo fundador don Vasco de Quiroga. Y aunque varios canónigos plantearon nuevamente la posibilidad de que, instituyendo algunas cátedras complementarias en el Colegio de San Nicolás, éste haría las veces de Seminario Conciliar, ni por asomo el obispo Sánchez de Tagle pensó en recurrir a un nuevo enfrentamiento con el cabildo eclesiástico, pues en todo momento expresó:
"ser su obligación y personal ánimo y celo como pastor, el proceder a la fábrica del Seminario, tal y como lo ordenaba la ley 35, libro I, título 13 de la Recopilación de Leyes de Indias, y el capítulo 18, sesión 23 de Reformatione, del Santo Concilio de Trento".
Así, durante los años 1759-1760, el obispo Sánchez de Tagle ordenó que todas las parroquias, doctrinas, sacristías, vicarías, capellanías y hospitales de la diócesis pagaran una pensión anual que, aunada a la parte proporcional de los diezmos del obispado, correspondientes a la mesa capitular, cuarta episcopal y fábrica espiritual, dotarían de rentas suficientes para la erección y sostenimiento del Seminario. De esa manera, el 18 de enero de 1761, en el solar ubicado exactamente enfrente de la Catedral vallisoletana, se colocó la primera piedra para la construcción del nuevo edificio que albergaría al Real y Pontificio Colegio Seminario de San Pedro de Valladolid de Michoacán. La obra material estuvo a cargo de uno de los más renombrados arquitectos vallisoletanos de la época, Tomás de Huerta, quien por esos años acababa de reconstruir el flamante edificio del colegio de la Compañía de Jesús de Valladolid, bajo la advocación de San Francisco Xavier. Pero además, anexo al Seminario, el obispo Sánchez de Tagle fundó también el llamado Colegio de Infantes de la Catedral, que haría las veces de schola cantorum para proveer de suficientes monaguillos, acólitos, cantores y músicos a la capilla catedralicia.
En ese sentido, cabe decir que la fundación del Seminario Tridentino de Valladolid y del Colegio de Infantes de la Catedral, habrían de tener, pues, un impacto inmediato en el desarrollo del Colegio de San Nicolás. De hecho, ya desde el año de 1759, cuando el obispo Sánchez de Tagle había hecho saber a los canónigos su deseo de emprender la fundación del Seminario, hizo saber también que una de las grandes necesidades del obispado era que: "se críen sujetos idóneos e inteligentes en los idiomas de los naturales, y deberse fundar cátedras para dicho efecto". De tal manera, consta que en ese entonces el obispo mandó "instituir en el Colegio de San Nicolás las cátedras de los idiomas Tarasco, mexicano y otomí [...] en el interim que tiene efecto la fábrica del colegio Seminario que se considera dilatada". Para el efecto, los canónigos del cabildo, como patrones del Colegio de San Nicolás, estuvieron de acuerdo con el obispo y señalaron además que:
"teniendo (esto) presente, se halla por suprimida la cátedra de Gramática que había en dicho Colegio de San Nicolás, (y) fueron de acuerdo se erijan y funden dichas tres cátedras de los idiomas referidos en dicho colegio, con el salario de trescientos pesos anualmente a cada uno de los catedráticos, subrogándose la renta de los doscientos pesos de la cátedra suprimida para parte de la paga de ellos, y que los setecientos pesos que han de componer la cantidad de novecientos pesos, para dichos tres catedráticos, se suplan de la fábrica espiritual, entre tanto que haya efectos del colegio Seminario para que se remplace a dicha fábrica lo que hubiere suplido".
Es decir, que aunque la fundación de las cátedras de los idiomas indígenas Tarasco, nahuatl y otomí, se verificó formalmente en el año de 1759, en realidad sólo se "depositaron" provisionalmente en el Colegio de San Nicolás, pero por erección pertenecían y estaban asignadas formalmente al nuevo Seminario Tridentino de Valladolid, tal y como lo proclamaba también el obispo Sánchez de Tagle en su carta pastoral de 1760, que ordenó la recaudación de todos los fondos necesarios en las parroquias de la diócesis michoacana, para proceder a la fábrica material del Seminario. Sin embargo, el desconocimiento y la mala interpretación de los documentos emitidos por esos años, para la provisión de los catedráticos que habrían de impartir estos cursos a los jóvenes colegiales nicolaitas y primeros seminaristas vallisoletanos, ha llevado a varios autores a cometer el error de aseverar que en el Colegio de San Nicolás se fundaron e impartieron durante el siglo XVIII dichas cátedras de lenguas indígenas. En realidad, debe quedar claro que estas cátedras sólo debían funcionar en calidad de "depósito" y de manera temporal en el recinto nicolaita, ya que su fundación y dotación pertenecía realmente al Seminario Tridentino, y por lo tanto deberían impartirse en él, una vez que éste abriera sus puertas. No obstante, parece ser que desde 1759 y prácticamente hasta principios del siglo XIX, dichas cátedras de lenguas indígenas se impartieron de manera cotidiana en las aulas del Colegio de San Nicolás, a pesar de que el nuevo Seminario Tridentino de Valladolid abrió formalmente sus puertas en el año de 1770. Al parecer, fue hasta principios del siglo XIX, cuando finalmente dichas cátedras de lenguas indígenas comenzaron a impartirse ya en el edificio del Seminario Tridentino y fue entonces que, en 1808, la fábrica espiritual de la Catedral vallisoletana retribuyó:
"la cantidad de 1,329 pesos que en calidad de suplemento se ministraron [...] para pagar los honorarios de los catedráticos de idioma mexicano, otomí y Tarasco [...] que por orden del obispo Pedro Anselmo Sánchez de Tagle [...] leyeron en el Colegio de San Nicolás".
Por otra parte, en 1767, al llevarse a cabo la expulsión de los religiosos de la Compañía de Jesús, que por entonces atendían un total de seis colegios en el obispado de Michoacán, se notó de inmediato que ni aún con la fundación del Seminario Tridentino, se haría frente a la gran demanda de estudios que seguramente plantearía a partir de entonces el creciente número de jóvenes criollos y estudiantes que había en toda la diócesis. De hecho, el efecto de la expulsión de los jesuitas en Michoacán, se notó de inmediato en la restauración que se hizo de la suprimida cátedra de Gramática Latina en el Colegio de San Nicolás, y aún más, en la fundación que al parecer se hizo por esos mismos años de otra cátedra complementaria al ciclo de Humanidades, pues a partir de 1769-1770, se comenzaron a opositar y proveer dos cátedras distintas de latinidad en el Colegio de San Nicolás: una de Mínimos y Menores, conocida propiamente como Gramática Latina; y otra de Medianos y Mayores, llamada también de Retórica. Asimismo, es evidente que tras la expulsión de los jesuitas, el Colegio de San Nicolás fue uno de los pocos planteles en el obispado de Michoacán que por entonces pudo dar cabida a los muchísimos estudiantes que de la noche a la mañana se habían quedado sin cátedras. Los testimonios que dan cuenta de este fenómeno son claros y las cifras contundentes. Baste decir que de 44 estudiantes matriculados en el Colegio de San Nicolás a mediados de la década de 1760, la cifra aumentó a 64 colegiales en 1767 y llegó a un total de 78 estudiantes nicolaitas hacia 1770. Esto se reflejó también económicamente en el correspondiente aumento de sus ingresos por concepto del cobro de colegiaturas y pupilajes a dichos estudiantes, que pasó de 7,104 pesos en el trienio 1764-1767, a más 14,390 pesos entre 1767-1770.
Sin duda, la mayor parte de los nuevos colegiales nicolitas arribaron de lugares más o menos cercanos a Valladolid, cómo Pátzcuaro, Celaya, Guanajuato, León y San Luis Potosí, donde hasta 1767 habían existido colegios jesuitas; pero incluso, varios más llegaron al obispado de Michoacán provenientes de otras diócesis y ciudades de mayor importancia, como México, Puebla y Querétaro. Así, una vez matriculados en el Colegio de San Nicolás, pudieron proseguir o concluir los estudios que habían dejado truncados en sus lugares de origen debido a la "expatriación" de los jesuitas. En ese sentido, cabe decir que el 20 de marzo de 1770, el cabildo eclesiástico de Valladolid solicitó a la Junta de Temporalidades de la Corona, que se hacía cargo de administrar todos los bienes de la extinguida Compañía de Jesús, que el flamante edificio del excolegio jesuita de Valladolid le fuera cedido al Colegio de San Nicolás, pues éste se "hallaba sumamente maltratado" y resultaba casi "inservible", para dar atención a tantos estudiantes. Aunque los canónigos de la Catedral vallisoletana confiaban en que esto no sería dificultoso, dicha petición no tuvo el efecto deseado y por lo tanto el Colegio de San Nicolás buscaría en lo sucesivo otra manera de ampliar sus espacios para atender a un número cada vez más grande de colegiales.
Para entonces, el obispo Sánchez de Tagle se hallaba dando los últimos toques a los preparativos para la inauguración solemne del nuevo edificio que albergaría al Seminario Tridentino de Valladolid, cuya fecha de apertura se había programado ya "para la fiesta del glorioso arcángel San Miguel" (29 de septiembre), quizá con el propósito de iniciar cursos unas semanas después, como era la costumbre, puntualmente "en el día de San Lucas" (18 de octubre) de ese mismo año de 1770. En vista de que el Colegio de Infantes y el nuevo Seminario proveerían en lo sucesivo del servicio de acólitos, monaguillos, cantores y músicos a la Catedral, los canónigos acordaron solicitar formalmente al obispo que "se exonerara a los colegiales de San Nicolás de acudir ordinariamente al servicio en la Catedral, por ser ahora competencia del Seminario". Asimismo, propusieron que al curso de Artes (o Filosofía) que estaba por abrirse en el Seminario, "acudiesen los 16 o 18 colegiales de San Nicolás que iniciaban dicho curso". El obispo aprobó estas medidas y de esa manera, a partir de octubre de 1770, los colegiales de San Nicolás dejaron de prestar el servicio ordinario en la Catedral de Valladolid "como había sido costumbre ancestral". A partir de entonces, colegiales nicolaitas y seminaristas vallisoletanos comenzaron a acudir conjuntamente a los cursos de Artes o Filosofía que se impartían de manera alternada en ambos colegios; es decir, un ciclo en el Seminario y otro en el Colegio de San Nicolás. Incluso, con el propósito de evitar posibles riñas y problemas entre los estudiantes de uno y otro plantel, el obispo solicitó por entonces al canónigo superintendente y al rector de San Nicolás que comunicaran a los colegiales nicolaitas que habían de acudir al Seminario, que lo hiciesen "con la mayor hermandad, no solicitando preferencias de clase, sino sentándose entreverados con los del Seminario". Igualmente, al entonces rector, catedrático de filosofía y estudiantes del Seminario Conciliar se les comunicó que deberían:
"guardar la mejor armonía y correspondencia con los del Colegio de San Nicolás, recibiéndolos en el suyo y sus clases, como hermanos sin dar el más ligero motivo para que entre unos y otros se ofrezcan discordias, apercibiéndolos por unos y otro señores a sus respectivos alumnos, que en caso de contravención, no sólo se les castigará severamente cualquiera culpa en este particular, sino que calificada por grave, se les privará de la beca".
Esta relación demuestra —insisto— que más allá de una supuesta rivalidad o competencia académica, se estableció a partir de entonces una sana y estrecha colaboración entre ambas instituciones clericales vallisoletanas, como quedaría de manifiesto una vez más en varios apartados de las Constituciones del Seminario Tridentino en las que se especificaba que el rector, los catedráticos y colegiales de San Nicolás serían convidados a las funciones literarias efectuadas en el Seminario con motivo de la apertura de cursos, ejercicios literarios, réplicas y oposiciones, entierros y otros actos públicos. De hecho, es de suponerse que a estos actos correspondiera también en la misma forma el Colegio de San Nicolás; es decir, invitando a su vez al rector, catedráticos y estudiantes seminaristas, a la funciones y demás protocolos académicos que también se efectuaban de manera cotidiana en el colegio nicolaita, de tal manera, pues, que ambas instituciones se complementaban integralmente en la formación y ejercicios académicos y literarios de sus respectivos estudiantes y catedráticos.
Sin embargo, como era de esperarse, la apertura definitiva del Seminario Tridentino en septiembre de 1770, sí afectó sensiblemente al Colegio de San Nicolás en otros rubros, como el de sus rentas y número de estudiantes matriculados. Al respecto, resulta evidente que una vez inaugurados los cursos en el Seminario, en octubre de 1770, la matrícula de estudiantes nicolaitas bajó más del 40% y los ingresos por concepto del cobro de colegiaturas disminuyeron casi un 70%, en tan solo tres años. Baste decir que de los 78 estudiantes matriculados en San Nicolás en el trienio 1767-1770, la cifra bajó a sólo 46 estudiantes entre 1770-1773; en tanto que los ingresos por colegiaturas pasaron de 14,390 pesos recaudados en 1770, a tan sólo 4,752 obtenidos en 1773, registrándose así uno de los índices más bajos de percepción en este rubro en el Colegio de San Nicolás durante todo el siglo XVIII. En contraste, cabe decir que tan sólo entre septiembre-octubre de 1770, el Seminario Tridentino de Valladolid inició sus cursos con una matrícula de 62 estudiantes en total; de los cuales, 30 eran becarios de erección o merced, de acuerdo con las Constituciones del Seminario, decretadas por el propio obispo Sánchez de Tagle; por lo que sus ingresos por concepto del cobre de pupilajes o colegiaturas supernumerarias debió ser alrededor de unos 3,200 pesos en ese mismo año, si consideramos que la manutención de un estudiante se calculaba, en promedio, en unos 100 pesos al año.
El canónigo Blas de Echeandia: rector, promotor y defensor de los privilegios del Colegio de San Nicolás (1775-1786)
En 1775, esta situación no pasó desapercibida para quien entonces acababa de ser nombrado como nuevo rector y canónigo superintendente del Colegio de San Nicolás, el licenciado don Blas de Echeandia, quien de inmediato propuso una serie de medidas para fortalecer la presencia del Colegio de San Nicolás, no sólo en el ámbito académico vallisoletano, sino en general en todo el obispado de Michoacán, pues sentenciaba: "porque de lo contrario se irán muchos de los colegiales y estudiantes al colegio Seminario y se quedará San Nicolás sin gente". En ese sentido, dispuso que la alternancia del curso de Artes (o Filosofía) con el Seminario Tridentino de Valladolid se dejara mejor "al arbitrio" del rector del Colegio de San Nicolás en turno; también ordenó que los dos colegiales más sobresalientes de San Nicolás presentaran cada año sendos actos públicos de Teología Moral y Escolástica; e igualmente implementó y reglamentó por primera vez en el ámbito académico nicolaita la disputa de las llamadas "becas reales de oposición" entre los colegiales pasantes más destacados, para que éstos pudieran permanecer de alguna manera ligados a la institución, pues se trataba ante todo de que así: "tenga el Colegio (de San Nicolás) algún más lustre y no se vayan (sus colegiales al Seminario) por falta de algún premio".
En 1777, con motivo de la llegada a Valladolid del nuevo obispo de Michoacán, Juan Ignacio de la Rocha, el canónigo Blas de Echeandia elaboró también un amplio informe sobre la situación jurídica en que se hallaba el Colegio de San Nicolás respecto al Seminario Tridentino de Valladolid, a fin de que: "Vuestra Señoría Ilustrísima declare a mi colegio la preferencia por su antigüedad respecto del dicho Seminario". Como ya señalaba, este privilegio de antigüedad era algo que el Colegio de San Nicolás ostentaba legítimamente y que en los acontecimientos importantes de la ciudad quería hacer notorio a todas luces. De esa manera, como buen licenciado, Blas de Echeandia recurrió a los principios básicos del derecho para terminar de una vez por todas con la controversia surgida entre las dos notables instituciones educativas del clero secular en Valladolid, pues sólo así —decía el rector de San Nicolás—:
"se podrán evitar [...] los escándalos que me aseguran se ofrecieron [en el año pasado de 1773], durante la entrada del señor obispo ilustrísimo [Luis Fernando de Hoyos y Mier], su dignísimo antecesor difunto"
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Haciendo gala de su habilidad jurídica, el licenciado Blas de Echeandia señaló entonces que:
"El primer fundamento que hay en derecho para que las comunidades o colegios se prefieran es probar la mayor antigüedad de sus fundaciones, y que la de mi colegio sea la más antigua es innegable y por su notoriedad así en esta ciudad como en toda la América es ociosa su probanza, y que por esta razón deba preferirse se prueba inmediatamente con el axioma común y regla del derecho canónico y civil que asienta que: el que primero es en tiempo lo es en derecho, luego habiendo sido primero en tiempo la fundación de mi colegio tiene por forzosa concurrencia mejor derecho que el Seminario por llevar aquel a éste en antigüedad más de dos siglos, como a vuestra señoría ilustrísima le consta y a todas las personas de este obispado".
Todo parece indicar, además, que ya para entonces el licenciado Blas de Echeandia había comenzado a planificar un ambicioso proyecto académico que desafortunadamente tardaría más de veinte años en llegar a cristalizar, por lo que la vida ya no le alcanzó para verlo terminado definitivamente. Dicho proyecto, consistiría en lanzar por primera vez, en el año de 1776, la iniciativa de establecer nuevas cátedras de derecho y jurisprudencia —o mejor dicho, una cátedra de Cánones y otra de Leyes—, en el Colegio de San Nicolás de Valladolid, para hacer frente así a la evidente amenaza que ya significaba la reciente apertura de cursos mayores en el Seminario Tridentino, aunque su propósito más importante y general era:
"abrir nuevas alternativas de estudio para muchos jóvenes del obispado de Michoacán, aplicados y muy capaces para el estudio, cuya vocación era el Derecho y no la Teología, pero se retraían de cursar esa carrera por tener que ir hasta la ciudad de México para poder estudiarla".
Como rector nicolaita, pero sobre todo como licenciado y especialista en la materia, el canónigo Blas de Echeandia se echó a cuestas este ambicioso proyecto e inició formalmente las gestiones correspondientes ante la Corona española con el objeto de que el rey, en su calidad de auténtico patrono del colegio, otorgara el aval necesario y alguna ayuda económica para erigir las nuevas cátedras de Cánones y Leyes en el Real Colegio de San Nicolás. Desafortunadamente, como decíamos, el proceso para la apertura de ambas cátedras de derecho en el colegio nicolaita llevaría más de veinte años de tortuosas negociaciones a uno y otro lado del Atlántico, pues resulta que la documentación originada en Valladolid de Michoacán, en 1776, primero habría de pasar por la ciudad de México para obtener el visto bueno del virrey y del claustro de la Real Universidad que, inexplicablemente, en 1782, dictaminó que dichas cátedras "no eran útiles ni necesarias en el Real Colegio de San Nicolás Obispo de Valladolid", además de que:
"resultarían perjudiciales a la república y a los intereses de esta Real Universidad, por los muchos estudiantes del obispado de Michoacán que entonces ya no acudirían a la ciudad de México para estudiar dichas cátedras"
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Obviamente, ante la apelación del cabildo eclesiástico de Valladolid, los autos fueron remitidos para su dictamen ante el Consejo de Indias en Sevilla y de ahí fueron a parar a la Corte de Madrid para su aprobación final por parte del rey. En ese sentido, consta que el 13 de agosto de 1783, se expidió una primera cédula real que ya autorizaba la erección formal de dichas cátedras de Cánones y Leyes en el Colegio de San Nicolás, pero la mala fortuna impidió que la documentación originada en ese entonces llegara finalmente a su destino en Valladolid de Michoacán, por lo que la vida del entonces rector de San Nicolás, don Blas de Echeandia, ya no alcanzó para ver cristalizado este anhelo personal al haber fallecido accidentalmente en noviembre de 1786. Así, pues, más que a la falta de un capital suficiente para llevar a cabo la erección definitiva —como a veces se ha mencionado—, debe quedar claro que las gestiones iniciales para establecer las nuevas cátedras de Cánones y Leyes en el Colegio de San Nicolás, durante las décadas de 1770 y 1780, no tuvieron por entonces el efecto deseado debido a otros imponderables. Por lo tanto, creo que es justo reconocer ahora, al paso de los siglos, al ilustre canónigo y rector nicolaita, Blas de Echeandia, como el gran promotor para la fundación de ambas cátedras de derecho en el Colegio de San Nicolás, aunque la vida no le haya alcanzado para ver el momento culminante de su inauguración.
El canónigo Mariano de Escandón y la fundación de nuevas cátedras en Valladolid
Ese último y ya conocido tramo de la historia, tuvo lugar hacia el año de 1790, cuando una rica vecina de Valladolid, llamada doña Francisca Xaviera de Villegas y Villanueva, donó por vía testamentaria más de 16,000 pesos en favor del Colegio de San Nicolás, "movida del reconocimiento a los beneficios que sus hermanos recibieron con la educación y la enseñanza que se les ministro en él". Ya para entonces, el nuevo canónigo superintendente del Colegio de San Nicolás era el famoso Conde de Sierra Gorda, don Mariano de Escandón y Llera, quien a partir de ese momento asumió todo el protagonismo del caso e hizo los arreglos necesarios para que tan cuantiosa donación se destinara definitivamente para la erección de las anheladas cátedras de cánones y leyes. Fue entonces que salieron a relucir los antecedentes del caso y la extraña pérdida de los autos originales que se habían remitido a España tan sólo unos años antes. De esa manera, se procedió de nueva cuenta a hacer todas las averiguaciones pertinentes y hacia 1793 se remitieron nuevamente otros autos originales a la metrópoli española. Así fue como se expidió una nueva y definitiva cédula real —fechada en San Lorenzo el 23 de noviembre de 1797—, por medio de la cual se ratificaron todos los autos y cédulas anteriores, y se erigieron finalmente, con todas las formalidades del caso, las nuevas y anheladas cátedras de Cánones y Leyes en el Real y Primitivo Colegio de San Nicolás. La noticia y la llegada definitiva de la cédula real de erección, se conocieron en Valladolid de Michoacán casi un año después, aunque ya desde 1797 el agente del cabildo eclesiástico michoacano ante la Corte de Madrid —Juan Francisco Fernández de Haro—, había escrito una serie de cartas dirigidas a los canónigos vallisoletanos confirmando:
"la expedición de nuevas cédulas reales para la fundación de las cátedras de Cánones y Leyes en el Real Colegio de San Nicolás, en virtud de las cédulas perdidas del año 1783, confiando en que estas nuevas llegaran a su destino, a pesar de las actuales circunstancias en que permanecen los ingleses hechos árbitros de los mares".
Así, el 30 de octubre de 1798, en solemne sesión del cabildo los canónigos conocieron el tenor de dicha real cédula y de inmediato procedieron a dictaminar y aprobar otras formalidades jurídicas relacionadas con la oposición y ocupación de las nuevas cátedras. El impacto de la llegada de la cédula real, que por fin después de tantos años autorizaba la erección formal de las cátedras de cánones y leyes en el Colegio de San Nicolás fue tan grande, que el 4 de noviembre de 1798 se celebró públicamente el acontecimiento con un solemne acto realizado a las afueras del colegio, en un magno evento al que acudió lo más granado de la ciudad de Valladolid. Dicho acto, fue reseñado días más tarde por un escritor anónimo y la nota apareció publicada, con bombos y platillos, en la Gaceta de México del 14 diciembre de ese mismo año.
La bibliografía clásica sobre la historia del Colegio de San Nicolás nos refiere el hecho de que, posteriormente a la apertura de las cátedras de Leyes y Cánones, el canónigo Mariano de Escandón y Llera se dio a la tarea de erigir dos nuevas cátedras en el mismo colegio: una de Matemáticas y otra de Lengua Tarasca. Igualmente, destaca el hecho de que por esos años ya ocupara la rectoría del Colegio de San Nicolás el doctor José Sixto Berduzco, ilustre personaje que años más tarde figuraría también de manera muy importante en el movimiento insurgente. Sin embargo, en general, considero que la cuestión es confusa, por lo que ya es tiempo de aclarar esta situación y señalar cuáles fueron en realidad las otras cátedras que se fundaron en el Colegio de San Nicolás, a principios del siglo XIX, y en qué condiciones funcionaron éstas.
La primera cátedra fundada en los albores de dicho siglo, y que por supuesto debió su erección a los esfuerzos e interés personal del ya para entonces maestrescuela de la Catedral vallisoletana, Mariano de Escandón y Llera, fue la de Vísperas de Sagrada Teología. Según el Conde de Sierra, dicha cátedra debía fundarse "para dar mayor lustre del colegio" y completar así totalmente el curriculum de estudios teológicos en San Nicolás. Para ello, el 6 de marzo de 1802, el propio maestrescuela Escandón "hizo la donación de 6 mil pesos de principal y 300 de renta anual" con que debería sustentarse dicha cátedra. Así, pues, aprovechando que en esos momentos se estaban llevando a cabo los autos de oposición para la provisión de la cátedra de Prima de Sagrada Teología en el Colegio de San Nicolás, se tomó la determinación de proveer las tres cátedras de Teología a la vez, quedando por tanto:
"En 1° lugar, como catedrático de Prima de Sagrada Teología, el doctor José Sixto Berduzco, rector actual del colegio; y por catedrático de la nueva cátedra de Vísperas de Sagrada Teología, el doctor Antonio María Uraga, que lo ha sido de Moral; y por cuanto ésta resulta vacante, nombraban para ella al bachiller Francisco Argándar, actual vicerrector y catedrático más antiguo de filosofía".
Sin embargo, la cátedra de Vísperas de Sagrada Teología en San Nicolás sólo funcionó temporalmente, entre 1802 y 1805, pues al parecer la dotación del capital con la renta correspondiente que había otorgado el Conde de Sierra Gorda, no se instituyó formalmente y el cobro de sus réditos no quedó asegurado. Sólo así, se explicaría el siguiente acuerdo tomado por el cabildo eclesiástico de Valladolid, en marzo de 1805:
"Últimamente se acordó que la cátedra de Vísperas de Sagrada Teología del Colegio de San Nicolás se suprimiera, luego que al doctor don Antonio María Uraga, actual catedrático de ella, se le proporcionara otro destino, respecto a que su dotación no es fija ni la referida cátedra se juzga útil en el citado colegio".
En ese sentido, cabe señalar que pocos meses más tarde, el doctor José Sixto Berduzco renunció a la rectoría y a la cátedra de Prima de Sagrada Teología que impartía en el Colegio de San Nicolás, por haber sido nombrado cura del pueblo de Angamacutiro. Ante ello, el cabildo eclesiástico eligió como nuevo rector y catedrático de Prima al doctor Uraga, y para substituirlo temporalmente en la de Vísperas de Teología, se acordó que:
"al bachiller (José María) Ronda, colegial de oposición en el mismo colegio de San Nicolás, se le dé el título de catedrático sustituto de Vísperas de Teología, para que sirva dicho empleo en las horas acostumbradas, sin paga, y que la sirviera de honor, pues dicha cátedra debe quedar suprimida en lo subsiguiente".
Sin embargo, el doctor Francisco Agrandar (catedrático de Teología Moral) y el entonces catedrático de Filosofía, José María Zenón, hicieron llegar más tarde un escrito al cabildo, en el que proponían hacer un nuevo cambio en la asignación de estas cátedras. Argándar solicitaba renunciar a la cátedra de Moral, pero "suplicaba que se le dejara la de Vísperas de Teología con los proventos de aquella"; y José María Zenón se ofrecía a sustituir la cátedra de Moral, "prometiendo servirla sin estipendio alguno para que el colegio no carezca de este beneficio". Tras una serie de consultas internas en el cabildo y por informe del canónigo superintendente del Colegio de San Nicolás, Miguel Díaz de Rábago, se decidió poner fin a este enredoso asunto y todos los capitulares acordaron:
"no haber lugar a la solicitud que el doctor Argándar promovió en el cabildo anterior, para que se le dejara la cátedra de Vísperas de Teología Escolástica con la renta de la de Moral, por estar suprimida aquella"
Por otra parte, ya hemos aclarado anteriormente, que desde el año de 1759, como parte de los proyectos para la fundación del nuevo Seminario Tridentino de Valladolid, se establecieron temporalmente en el Colegio de San Nicolás, en calidad de depósito, las rentas con las que se sustentarían las cátedras de Tarasco, náhuatl y otomí, que contemplaba originalmente el plan académico del Seminario. Como decíamos, todo parece indicar que estas cátedras de lenguas indígenas se impartieron durante algún tiempo en el recinto nicolaita, lo que ha llevado a malinterpretar esta situación. Sin embargo, debe quedar claro que dichas cátedras no pertenecían en realidad al Colegio de San Nicolás, sino al Seminario Tridentino, y que se trata, pues, de una confusión surgida a principios del siglo XIX, precisamente a raíz de que se hicieran las cuentas y ajustes necesarios para aclarar el estado de las rentas, y que así dichas cátedras se comenzaran a impartir ya normalmente en el Seminario Conciliar de Valladolid.
Quizá por ello, fue que Mariano de Escandón y Llera, Conde de Sierra Gorda, estuvo al tanto de todo este asunto ?desde sus tiempos como canónigo superintendente del Colegio de San Nicolás, a finales del siglo XVIII?, y vio la necesidad de que la célebre institución nicolaita no se quedara a la zaga del Seminario y contara con su propia cátedra de idioma Tarasco, principal lengua indígena del obispado de Michoacán. Así, pues, cuando era un hecho que las cátedras de lenguas indígenas se restituirían formalmente al Seminario Tridentino, a principios del siglo XIX, el ya para entonces chantre de la Catedral de Valladolid, propuso la fundación de una nueva cátedra de idioma Tarasco en el Real y Primitivo Colegio de San Nicolás, para lo cual ofreció incluso dar de su propio caudal 5,000 pesos más que, aunados a los 3,000 pesos donados en enero de 1805 por los hermanos José Antonio y Mariano López, excolegiales y becarios de San Nicolás, harían los 400 pesos de renta anual que se requerían para fundar dicha cátedra. Así, en marzo de 1805, una vez que fueron cumplidos todos los trámites correspondientes, la nueva cátedra de idioma Tarasco quedó formalmente erigida en el Colegio de San Nicolás:
"Y habiendo dado sus señorías las gracias al dicho señor chantre (Mariano de Escandón), nombraron por tal catedrático al bachiller don José Gregorio Solchaga, cura del pueblo de Tacámbaro, [...], para que la sirva en propiedad, con la asignación de los dichos cuatrocientos pesos, entendiéndose que por espacio de dos horas, a mañana y tarde, ha de dar sus lecciones, y en los actos de comunidad tendrá lugar después del catedrático de Teología Moral de dicho colegio, y al efecto mandaron sus señorías se le expidiere el correspondiente título"
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Casi dos meses después, el entonces canónigo superintendente del colegio, Miguel Díaz de Rábago solicitó la anuencia plena del cabildo eclesiástico, para que se fijaran "rotulones" en los sitios públicos de Valladolid y se libraran las "cartas cordilleras" dirigidas a todos los curas del obispado, propagando la noticia de la apertura de la nueva cátedra de Tarasco en el Colegio de San Nicolás, "expresando que los cursantes más sobresalientes en dicho idioma, serán atendidos con preferencia a los demás". Es decir, que todos aquellos colegiales e incluso excolegiales de San Nicolás que ya eran curas, pero que se matricularan ahora para cursar dicha cátedra de Tarasco en el colegio, y sobresalieran en el aprendizaje y manejo de esta lengua indígena, tendrían preferencia en la asignación de curatos y beneficios eclesiásticos del obispado, sobre el resto de los clérigos que únicamente se habían ordenado o ordenaran a título de administración "en castellano". El impacto de esta agradable noticia fue tal, que el ilustrado y acaudalado clérigo de origen michoacano, pero domiciliado en el arzobispado de México, Juan José Pastor Morales, mandó reimprimir a sus expensas un Arte de la Lengua Tarasca, "para el uso (exclusivo) de los jóvenes que cursan la cátedra de dicho idioma en el Colegio de San Nicolás"; cuyos ejemplares remitió a la Catedral de Valladolid a mediados de 1806, en un acto verdadera de filantropía que por supuesto fue agradecido profundamente por todos los canónigos michoacanos. Así, el 15 de noviembre de 1806:
"se mandó pasar decreto al rector del Colegio de San Nicolás, para que desde este día en adelante se lea la cátedra de idioma Tarasco establecida en dicho colegio, de las tres a las cuatro de la tarde, y de cuatro a cinco (pase) la de Teología Moral".
En realidad, todo parece indicar que dicha cátedra de Matemáticas nunca se erigió de manera formal, ni en el Seminario Tridentino de Valladolid, ni en el Colegio de San Nicolás; sino solamente se trató de una iniciativa personal y temporal, promovida por el entonces canónigo y juez de testamentos, capellanías y obras pías del obispado, don Manuel Abad y Queipo, quien en una relación de méritos literarios anotó que:
"deseoso de la mayor instrucción de la juventud, traxo de México a don Bernardo Pián, inteligente en las Matemáticas para que las leyese a horas extraordinarias en los Colegios Seminario Tridentino y de San Nicolás de esta ciudad, con el salario de seiscientos pesos anuales".
Así, fue como José Bernardo de Pián y Escoto, impartió las primeras lecciones de esa ciencia en el Seminario de Valladolid, a partir del 23 de noviembre de 1801. Pero, de acuerdo con una conocida nota aparecida en la Gaceta de México, el 27 de febrero de 1802, por intermediación del Conde de Sierra Gorda, quien "no quiso que el colegio de su encomienda careciera de ese nuevo elemento", se logró que algunas lecciones de dicha ciencia se impartieran también durante ese año en el Colegio de San Nicolás, como de hecho —recordemos— que había sido la propuesta original del canónigo benefactor, Manuel Abad y Queipo. En ese sentido, todo parece indicar además que, en un acto de verdadera cortesía, el cabildo eclesiástico de Valladolid emitió pocos meses más tarde un decreto por medio del cual se declaraba, entre otras cosas, que en todos los actos y celebraciones efectuadas en el Colegio de San Nicolás, el catedrático de matemáticas gozara "del lugar y asiento que sigue después de los catedráticos de Gramática". No obstante, debe quedar claro que dicha cátedra de Matemáticas nunca tuvo una fundación institucional, ni en el Seminario Tridentino, ni en el Colegio de San Nicolás, aunque algunas lecciones de esa ciencia se hayan impartido por esos años a los jóvenes estudiantes y clérigos de uno y otro colegio vallisoletano. En realidad, todo indica que la medida no pasó de ser una buena iniciativa personal promovida por los ilustrados canónigos Manuel Abad y Queipo y Mariano de Escandón y Llera.
En ese sentido, cabe decir, finalmente que la prueba más contundente de que nunca existió una cátedra de Matemáticas debidamente fundada en Valladolid, y particularmente en el Colegio de San Nicolás, nos las da el acta de la sesión de cabildo eclesiástico celebrada escasamente tres días antes de que el bachiller Miguel Hidalgo diera inicio a la sublevación popular novohispana, cuando se leyó el escrito de un tal "Licenciado Vallarta", vecino de la ciudad de México, en el que se ofrecía gustoso "a dar lecciones de matemáticas para provecho de la juventud estudiosa de esta ciudad". Pero la respuesta de los canónigos vallisoletanos fue la siguiente:
"que no toca a este Muy Ilustre Señor Deán y Cabildo atender dicho asunto, y que se comunique al Honorable Ayuntamiento de esta ciudad, para dar alguna respuesta al dicho Licenciado Vallarta en su ofrecimiento".
Estos testimonios —insistimos en ello—, pretenden aclarar más que nada el panorama general de la vida académica en Valladolid de Michoacán, en vísperas del inicio de la guerra de independencia; y nos muestran, más bien, la estrecha relación académica e institucional que mantuvieron el Colegio de San Nicolás y el Seminario Tridentino, a finales del siglo XVIII y principios del XIX; en aquellos años en que las luces de la Ilustración alumbraban estos espacios académicos de la ciudad y en cuyo ambiente estudiantil se formaron durante su juventud algunos de los precursores y caudillos más importantes de nuestra independencia.
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De esa manera, fue como a principios del siglo XIX el Colegio de San Nicolás contó realmente con su propia cátedra de idioma Tarasco, en un afán por ofrecer mayores oportunidades y otras posibilidades de estudio a sus colegiales, y que éstos no quedaran a la zaga de los clérigos formados en el Seminario Tridentino. Pero, sin duda, la mala interpretación que se ha dado respecto a la fundación de algunas cátedras en el Colegio de San Nicolás, a principios del siglo XIX, por iniciativa del famoso Conde de Sierra Gorda, don Mariano de Escandón y Llera, tiene que ver también con una serie de incógnitas que rodean al supuesto establecimiento de una cátedra de Matemáticas.
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Esto demuestra ?a mi modo de ver?, que más que una especie de competencia o rivalidad académica (como a veces se ha dicho), hubo siempre una estrecha relación y cooperación entre ambas instituciones clericales vallisoletanas, para la formación y educación integral del clero secular michoacano durante las últimas décadas del siglo XVIII. Otra cosa serían las pequeñas disputas que se dieron por entonces entre ambos colegios, por ocupar el lugar más destacado en las procesiones y celebraciones religiosas, u otros actos públicos llevados a cabo en la ciudad de Valladolid, pues en ellas —como veremos más adelante—, el Colegio de San Nicolás no dejó de reclamar continuamente al Seminario Tridentino que le respetara su bien ganado privilegio de antigüedad.
Sin embargo, aclarado este punto, vale la pena mencionar que ante la inminente fundación del Seminario Tridentino de Valladolid, el Colegio de San Nicolás parecía estar destinado, en principio, a la ruina académica y material. No obstante, cuando se iban levantando frente a la Catedral vallisoletana los muros que albergarían al nuevo Seminario Tridentino, como si se tratara ya de una auténtica amenaza para la existencia misma del Colegio de San Nicolás, dos acontecimientos sucedidos en el segundo lustro de la década de 1760, vinieron a dar nueva vida y esperanzas a la célebre y ya para entonces bicentenaria institución quiroguiana. Por un lado, la aparición en 1766 de la obra escrita por el entonces rector del Colegio de San Nicolás, licenciado Juan Joseph Moreno, dedicada a exaltar la "Vida y Virtudes del Primer Obispo de Michoacán, Don Vasco de Quiroga", revitalizó y dimensionó a tal grado al llamado, a partir de entonces, "Real y Primitivo Colegio de San Nicolás Obispo", que su preeminencia como la institución educativa del clero más antigua e importante, no sólo del obispado de Michoacán, sino de toda Hispanoamérica, quedó fuera de cualquier discusión.
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