La violencia, en sus múltiples expresiones, fue un rasgo presente en la guerra civil abierta a partir de septiembre de 1810, y en su desarrollo contribuyeron por igual insurgentes y realistas. No voy a ocuparme aquí de las expresiones objetivas de esa violencia –las ejecuciones, los saqueos, la destrucción de los pueblos, los castigos atroces– sino de una dimensión más bien simbólica, de índole discursiva, que no por ello dejó de ser importante, fundamental quizá para entender más cabalmente la naturaleza de la guerra, los perfiles que adoptó, su curso y su desenlace. Lo hago persuadido de que los "grandes momentos de ruptura política son también momentos de quiebre del lenguaje", pues éste, el lenguaje, "se vuelve escenario visible de las relaciones políticas".
I
Las autoridades políticas, militares y eclesiásticas novohispanas se vieron obligadas a combatir la insurrección desatada en el curato de Dolores, en septiembre de 1810; y una de las vías para ello fue la de restarle legitimidad. Pero en el fragor de la guerra, la desautorización política de la rebelión se fue deslizando hacia la degradación moral de los rebeldes. Los edictos y pastorales del obispo de Michoacán por ejemplo, o las del obispo de Puebla, aunque furibundas, no dejaron de esgrimir razones atendibles en contra del movimiento de Hidalgo.; pero bien pronto, la diatriba y la descalificación empezó a ganar terreno en la guerra que se libraba en el ámbito de la propaganda.
Muchos textos que así procedieron se entregaron a las prensas en estos años, pero quizá ninguno de ellos alcanzó los extremos que lograron las cartas del Ramón Casaús, fraile dominico, calificador de la Inquisición y obispo auxiliar de Oaxaca, que empezaron a aparecer en el Diario de México a partir de noviembre de 1810, publicadas el siguiente año con el elocuente título de El anti-Hidalgo. Cartas de un Doctor Mexicano al Br. D. Miguel Hidalgo Costilla, ex-Cura de Dolores, ex-Sacerdote de Cristo, ex-Cristiano, ex-Americano, ex-Hombre y Generalísimo capataz de salteadores y asesinos. El argumento de Casaús era realmente simple: Hidalgo, presa del odio, la envidia, la ambición y el ateísmo, decidió convocar a un levantamiento para apoderarse del reino y sus riquezas y ponerlo al servicio de Napoleón, destruir la religión e instaurar el libertinaje, todo ello precedido del aniquilamiento de los españoles europeos.
Para explicar la conducta de Hidalgo y la naturaleza de la insurrección, el autor no encontró otra manera que reducir ésta a una orgía monstruosa de sangre y fuego, y a aquél a la condición de bestia salvaje y sanguinaria. Fue convertido el cura también en un luzbel americano, ángel caído y enviado de Satanás para combatir a Dios y a la Iglesia y difundir el ateísmo a lo francés. En un registro menos delirante pero igual de burdo, fue rebajado a la especie de ladrón mayor, capataz de una banda de rufianes que habían organizado una revuelta para satisfacer su codicia desmedida, apoderándose de los bienes de criollos y europeos.
Un rasgo sobresaliente del texto de Casaús, y que revela su talante, es la animalización de Hidalgo. La fauna que aparece en el anti-Hidalgo para animalizar al cura en efecto es enorme: coyote, zorro, lobo carnicero, perro rabioso, caballo desbocado, res, rey de asnos, jabalí, cuervo graznador, águila, serpiente, insecto venenoso y rarísimo, cocodrilo rabioso y devorador, caimán, lagarto, oso, leopardo, león, y el preferido del autor, el tigre. A veces aparece en el texto un término genérico: bestia, monstruo, fiera, cuadrúpedo, animal. Hidalgo era comparado a un animal porque se trataba de eliminar, de reducir por lo menos, su condición humana. El autor afirma: "A un ente que no es de nuestro linaje en sus procederes; que parece ser enjerto monstruoso de los animales más dañinos (tigres, osos, leones, leopardos águilas) […], a tal bestia cruelísima no sé que nombre propio darle".
Para publicistas como Casaús, en la medida en que los insurgentes eran hombres sanguinarios y brutales que por lo mismo habían degenerado a la categoría de bestias feroces o hijos de Satanás, no merecían otra suerte que el suplicio más afrentoso. Se dirigía por ejemplo al cura de Dolores para retarlo y amenazar con cortar "con tu mismo alfanje morisco tu cabeza altiva y petulante", para dar después su cuerpo "por pasto a los tigres y aves de rapiña, tus semejantes". En otra parte de su texto, afirmaba que Hidalgo era ya "el objeto de execración universal", y que por ello todos los novohispanos lo buscaban "como a una fiera que es preciso encadenar y hacer morir de un modo espantoso, por enemigo de su patria y de todos los vivientes". El cura, y con él la insurgencia toda, era visto como una suerte de tumor maligno que era necesario extirpar para evitar la contaminación del cuerpo político del reino: Casaús le decía que su objetivo era "borrar tu nombre de sobre la tierra que profanas y contaminas".
Otros eclesiásticos caminaron por la misma senda infamante recorrida por Casaús. El obispo de Antequera de Oaxaca, Antonio Bergosa y Jordán, por ejemplo. En una pastoral de 30 de junio de 1811, el prelado se propuso hablar a sus diocesanos para "desahogar el justo odio contra hombres tan inicuos", a propósito de la difusión de la insurgencia en su diócesis. Los primeros párrafos del texto se dedican a cantar loas a la paz y la unión, bienes los más preciados para los cristianos, dones del cielo y frutos del amor de Dios. Pero al cabo, el escrito comienza a discurrir sobre los estragos de la guerra en las provincias de Tierra adentro –en sus palabras: "robos, muertes, incendios, saqueos de casas e iglesias, dispersión de los ciudadanos"–, para deslizarse después en el retrato negro de sus autores: "esos despiadados monstruos de la sociedad política y cristiana, y esos abominables delincuentes", que había comandado el "infame caudillo Hidalgo Costilla, el proto-apoderado del tirano Napoleón, de Satanás y del infierno todo para arruinar la religión católica y la monarquía española".
Ese mismo año de 1811, el fraile Tomás Blasco, catedrático de la Real Universidad de Guadalajara y examinador sinodal en el obispado de Nueva Galicia, dio a conocer su Canción elegíaca sobre los desastres que ha causado en el reino de Nueva Galicia […] la rebelión del apóstata Br Miguel Hidalgo. En este largo poema en el que el autor llora las desventuras sufridas en su diócesis y sobre todo en la ciudad capital, el fraile canta "con plecto lamentable"
Los hechos humanos
de aquel ex cura infernal y desalmado
monstruo de los tiranos
monstruo el más execrable
que la región del tártaro ha abortado.
De la iglesia apartado
a los vicios más torpes se entregaba
del fiero Napoleón hízose amigo
para ser enemigo
de la que el ser le daba
y de honra le colmaba
cual viborezno ingrato
que nace sin razón ni inteligencia
poniendo su conato
en quitar a su madre la existencia.
II
Los insurgentes tenían también lo suyo a la hora de denigrar al adversario. Conocemos en efecto algunos textos en los que se hicieron referencias en extremo virulentas acerca del gobierno virreinal, de las tropas del rey y de los españoles europeos, los blancos favoritos de su diatriba, sobre todo estos últimos, los también llamados gachupines. Y en ese empeño destacaron de nueva cuenta los eclesiásticos, dos de ellos, figuras principales de la rebelión: Miguel Hidalgo y José María Morelos. En sus textos encontramos una operación intelectual muy parecida a la de los publicistas oficiales, una suerte de silogismo en el que la premisa del carácter naturalmente perverso de los gachupines, de su gobierno y de su ejército, llevó a la conclusión de la necesidad de acabar con ellos.
Cuando leemos esos textos es posible advertir varias imágenes sobre los gachupines, que iban de la avaricia extrema que los distinguía a la mentira constante que salía de sus bocas; de la crueldad extrema en la que se solazaban a la depravación y lujuria inmorales; de la herejía o la apostasía de la que hacían gala; de la traición al monarca a la aberrante y antipatriótica simpatía por Napoleón. Estos eran los argumentos principales para operar la degradación del adversario. En el texto que escribió para refutar los cargos que le levantó la Inquisición, sea por caso, Hidalgo afirmó que los peninsulares no eran católicos "sino por política" y que su Dios era el dinero; que eran hombres "desnaturalizados" pues por "el vil interés" sacrificaban hasta sus propios padres; que eran incapaces por tanto de "tener afectos de humanidad".
Morelos, por su parte, señaló en una proclama de diciembre de 1812 que la "hidrópica ambición" de los españoles europeos era "el móvil" de todas sus acciones, y por ello su gobierno era "el país de la impiedad, morada de la falacia y seno de la hipocresía". En este mismo texto aseveró que al pasar por los pueblos en sus incruentas campañas militares, las tropas del rey –esos "brutos de Babilonia"–, arruinaban los altares, destrozaban las sagradas imágenes, despreciaban sus reliquias y blasfemaban de Jesucristo "profiriendo expresiones deshonestas e indignas aun en la boca de Satanás". Se refirió así a algunos de sus jefes: el "seudo político" Venegas, el "insolente" Calleja y los "temerarios sacrílegos impíos" Cruz y Trujillo. A todos ellos Morelos los reducía no sólo a una "infernal prosapia", a "cometas del rey intruso" o "lujos del pecado", sino a verdaderos "perjuros enemigos de Dios, de su iglesia y de todo el género humano". Muy similar a la forma en que referían a algunos altos militares en un texto de factura anónima: "un Venegas embustero, un Cruz sanguinario, irreligioso, inmoral seductor, un Trujillo despreciable mico, un Flon hermafrodita".
De la degradación extrema del adversario había sólo un paso a la proposición de su exterminio, un paso que se dio a menudo en estos mismos textos. Baste citar los del cura de Carácuaro, por ejemplo la proclama que emitió en Cuautla a finales de febrero de 1812, en la que señaló que el ejército insurgente había matado más de la mitad de los gachupines que había en el reino, y que pocos faltaban por matar, pero eso sí, aclaró Morelos, "en guerra justa; no matamos criaturas inocentes, sino gachupines de inaudita malicia". Apoyado en el derecho de gentes, Morelos excitaba a sus tropas a proceder de esta manera contra los gachupines si no rendían sus armas: "acabémoslos, destruyámoslos, exterminémoslos, sin envainar nuestras espadas hasta no vernos libres de sus manos impuras y sangrientas".
III
Dejo aquí esta muestra del catálogo de diatribas realistas e insurgentes, para pasar a hacer algunas reflexiones finales. La primera, que me parece obvia, es que estos textos no eran sino formas de expresión en el ejercicio de la violencia que se desató con la guerra. Y no sólo porque degradaban al enemigo en el ámbito del discurso sino porque resulta previsible pensar que justificaban a veces, y alentaban en otras, prácticas de violencia física. No se trataba pues de meros artificios verbales, de palabras que se desvanecían con el viento, manuscritos o impresos que nadie leía. Las cartas de El anti-Hidalgo, por ejemplo, fueron consideradas un instrumento útil de propaganda en el gobierno virreinal, muy adecuadas, en palabras del virrey Venegas, "por el ridículo de que cubren al ‘serenísimo’ cura", y por ello envió varios ejemplares a Calleja para su distribución.
En segundo lugar, se advierte en textos como los que acabo de citar, en los textos de ambos bandos, una visión mítica de la guerra, es decir, una predisposición a vivirla dramáticamente, como una lucha entre poderes conflictivos, entre las fuerzas del Bien y las del Mal. Una visión que termina precisamente por convertir al adversario en el malo, el odioso, el abominable, hasta el punto en que se vuelve casi un imperativo acabar con él. Así parece desprenderse de textos como los de Morelos: si los peninsulares eran seres de "inaudita malicia", de manos "impuras y sangrientas", su muerte se volvía no sólo políticamente justificada sino moralmente deseable. Y lo mismo pasaba con los escritos de los hombres de la Iglesia: era absolutamente lícito exterminar, como decía el fraile Casaús, a seres abominables vomitados por el infierno.
Y tercera y última: estos relatos de la violencia sólo sirvieron para engendrar más violencia. Los insurgentes degradaron al adversario por la vía de la satanización, mientras que los publicistas oficiales y oficiosos del gobierno virreinal lo hicieron, además, mediante la animalización y la criminalización de los rebeldes. Se produjo lo que algún antropólogo dio en llamar la violencia "mimética": ¿Cómo responder a un texto denigratorio si no era con otro texto denigratorio? ¿Cómo responder a una muerte cruel sino con otro ejercicio de violencia extrema? Un contexto de violencia sin fin volvía imposible la paz, cerraba todo espacio a la negociación. ¿Cómo hacerlo si se negaba por principio toda condición humana al interlocutor, si se consideraba que sus objetivos eran tan sólo la destrucción, el robo y el asesinato, o la opresión y la explotación?
Intentos de encontrar una salida política al conflicto los hubo desde luego, como los que impulsaron José María Cos con sus "Planes de Paz y Guerra" y sus cartas al virrey Venegas, o Manuel Ignacio González del Campillo, el obispo de Puebla, con sus cartas a Ignacio Rayón y José María Morelos. Pero todos ellos, hasta antes de los esfuerzos de Iturbide, resultaron infructuosos. Sospecho que algo tuvo que ver en ello la violencia extrema que se observó en la guerra de independencia, y como parte de ella la estridencia de un discurso que bien podríamos calificar como terrorismo verbal.