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La primera palabra que se impone al inicio de esta celebración es la justificación de nuestra presencia en la Iglesia Catedral, dando gracias a Dios, haciendo una Eucaristía por un acontecimiento que algunos consideran más bien cuestionable: el inicio de una guerra que causó la muerte de muchos habitantes de lo que hoy llamamos México que fue el inicio de conflictos, desórdenes y enfrentamientos sociales que nos debilitaron y nos hicieron incapaces de hacer frente a las agresiones del exterior, llevándonos a perder más de la mitad del territorio patrio.
¿Existen pues razones para hacer fiesta y, sobre todo, para reunirnos como creyentes y celebrar una liturgia agradeciendo al Dios de la Historia este aniversario? Para nosotros la respuesta es clara y viene desde una visión de la historia con ojos de fe. Esta es la perspectiva en la que se enmarca la Carta Pastoral emitida por los obispos mexicanos el 1° de Septiembre y que lleva como título «Conmemorar nuestra historia desde la Fe, para comprometernos hoy con nuestra Patria»
Estamos haciendo referencia a hechos históricos mezclados de luces y sombras, de heroísmos y de vilezas, pero que fueron el comienzo de un proceso que nos condujo a conseguir la independencia patria y a constituirnos como nación soberana. La historia es la gramática de Dios y toda historia humana es, en el fondo, una historia de salvación en la que debemos descubrir la conducción providente de un Padre que tiene para nosotros proyectos de vida y vida en plenitud. Es una historia en la que los seres humanos estamos llamados a comprometernos como actores libres, con toda nuestra carga de gracia y de pecado, de fraternidad y de egoísmo.
En la sagrada Escritura descubrimos que el Dios de la historia se revela a través de acontecimientos en los cuales responde a los anhelos humanos de conquista de la libertad y de la justicia, como lo expresa con claridad el libro del Éxodo cuando el Señor se dirige a Moisés con estas palabras: “Bien vista tengo la aflicción de mi pueblo en Egipto y he escuchado su clamor en medio de sus opresores, pues yo conozco sus sufrimientos. He bajado para librarle de la mano de los egipcios, y para subirle de esta tierra a una tierra buena y espaciosa que mana leche y miel” (Ex 3, 7-8).
Podríamos leer este pasaje bíblico, con sus debidas adaptaciones, para justificar nuestra celebración percibiendo el grito de independencia como un acontecimiento fundante de nuestra historia patria, como el paso de Dios por nuestro tiempo convertido en historia de salvación.
Hay quienes afirman que el proceso libertario de nuestra patria se realizó no sólo al margen del ideal cristiano, sino con la abierta oposición de la Iglesia católica. Necesitamos un acercamiento sereno para discernir con objetividad los acontecimientos históricos, enmarcándolos en su momento preciso y evitando juicios que nos llevaría a apreciaciones anacrónicas e injustas. La Carta Pastoral de los Obispos dice: “si bien la historiografía de la independencia suele oscilar entre elogios desmedidos y críticas severas… la reflexión serena es siempre mejor, buscando la comprensión de los hechos, teniendo en cuenta las circunstancias del momento, el carácter de los protagonistas y los límites de las personas” (N° 26).
La Verdad es que, desde un punto de vista objetivamente histórico, se puede decir que la Iglesia en México participó activamente en los acontecimientos de nuestra independencia, aportando la iluminación que se desprende del evangelio relativa a los derechos connaturales a la persona humana, entre los cuales la igualdad de todos por ser hijos de Dios, nuestra vocación a vivir en respeto mutuo y en la fraternidad que Cristo nos conquistó con su muerte y resurrección.
Los más notables iniciadores y actores fueron miembros del clero y prácticamente todos los que participaron en esta lucha libertaria eran católicos. De manera preponderante y ocupando un lugar destacadísimo en la conducción de todo el proceso de independencia, está la presencia de nuestra Señora de Guadalupe, proclamada por el P. José María Morelos como la “Patrona de nuestra libertad” y enarbolada por el Sr. Cura Hidalgo como el estandarte que aglutinó a criollos, a mestizos y a indígenas; bajo su patrocinio se sintieron hermanados y encontraron la inspiración para lanzarse a una empresa desafiante y de graves retos que para muchos significaron la muerte misma. “Ciertamente, sin el ingrediente religioso, este movimiento o no su hubiera producido o habría tomado otro rumbo” (Carta Pastoral N° 33).
No podemos ignorar, si somos sinceros, que el movimiento encontró la oposición de muchos miembros de la jerarquía eclesiástica; en el fondo los condicionamientos políticos les impidieron asumir con sentido profético la actitud que les correspondía ante el clamor de un pueblo que defendía sus legítimos derechos. Sin embrago, justo es reconocer que se encontraron ante un difícil juicio histórico; no siempre es fácil conciliar los principios evangélicos generales con decisiones de carácter práctico, más cuando se es responsable de una comunidad que se enfrenta al dramático cambio de rumbo de la vida nacional. “No olvidemos que quienes vivieron etapas difíciles de confrontación no tuvieron los elementos con que hoy contamos para comprender el significado del proceso de autonomía de las realidades temporales, y del nuevo tipo de relaciones que tendrían que establecerse entre la Iglesia y el estado” (Del Encuentro con Jesucristo…, Nº 81).
La reflexión que se impone en este momento nos pide que atendamos a lo que es prioritario en la celebración de este aniversario: ¡Comprometámonos hoy con nuestra Patria! Han pasado ya doscientos años del inicio del movimiento de independencia y un siglo del comienzo de la Revolución Mexicana. El tiempo es también voz del Dios de la Historia que nos pide leer los acontecimientos y discernirlos a la luz de la fe. Nos corresponde como pastores y como creyentes descubrir lo que el Señor Dios espera hoy de nosotros: Ver nuestro pasado para interpretar con sabiduría el presente que vivimos y responder con audacia evangélica al futuro que nos toca construir.
La Carta Pastoral de los Obispos dice: “Los ideales de libertad, justicia e igualdad, por los que lucharon nuestros compatriotas en la independencia y en la revolución mexicana nos siguen interpelando hoy con mayor fuerza, dado que las exigencias actuales son mucho más amplias y profunda” (Nº 114). Dada la amplísima gama de tareas y desafíos que debemos afrontar en el momento presente, en la Carta Pastoral se señalan tres prioridades fundamentales:
- Combate a la pobreza
- Educación integral y de calidad para todos.
- Reconciliación nacional.
Tenemos ahí un proyecto que nos servirá para iluminar y potenciar la campaña de pastoral social que hemos iniciado en nuestra Diócesis. No es posible en el ámbito de una homilía insinuar siquiera los requerimientos de estas tres prioridades. Sólo esbozo una reflexión sobre lo que nos exige la tercera prioridad: La Reconciliación Nacional.
México es una nación grande con una cultura admirada y respetada en muchas partes del mundo; pero nuestra historia está marcada por el drama y el conflicto. No hemos logrado reconciliarnos con nosotros mismos. No hemos logrado la reconciliación de las distintas clases sociales; las desconfianzas de unos y otros se han convertido en un obstáculo para un desarrollo de bienestar para todos. Con frecuencia la violencia se ha hecho presente en nuestra historia y nos ha impedido encontrar la respuesta a los anhelos de un pueblo que aspira a conseguir mejores condiciones de vida. Convenzámonos: la violencia solo engendra muerte, atraso y destrucción. Seamos sensatos, leamos la historia y aprendamos su lección. Seamos generosos: que prevalezca el bien común por encima de la búsqueda del provecho personal o de partido, conseguido a como de lugar, provocando el atropello y la agresión al otro, visto solo como enemigo a vencer.
Quienes somos cristianos, volvamos la mirada a Nuestro Señor Jesucristo quien nos enseñó el camino de la reconciliación: “ante el servilismo, servicio; ante el odio, el amor; ante el egoísmo, la entrega de la vida; contra la marginación, la inclusión” (Que en Cristo nuestra Paz…, Nº 137).
Volvámonos con corazón de discípulos para oír las enseñanzas que nos ofrece Jesús, nuestro Maestro. Hoy se ha proclamado el evangelio de San Mateo en el que se nos relata el Sermón de las Bienaventuranzas, consideradas como culminación de la moral bíblica. “Bienaventurados los que tienen hambre y sed de justicia”. Nuestra patria está lejos de haber alcanzado el don mesiánico de la justicia; no sólo en sentido jurídico: “dar a cada quien lo suyo” sino en el sentido bíblico: actitud espiritual que nos dispone con todas las fuerzas a buscar el Reino de Dios, al cumplimiento de su voluntad. Justicia que comienza con la conversión del corazón, transformando a las persona, pero que nos dispone a asumir compromisos sociales eficaces. Ser bendecidos por el don de la justicia significa construir una sociedad comprometida en el establecimiento de estructuras redimidas por el Espíritu en el campo de la cultura, de la economía, de las relaciones sociales, de la familia.
Si queremos una sociedad justa, debemos primero sanear el corazón del hombre y desde este cambio interior lograremos la transformación de nuestro país. La clave de todo cambio social es el hombre; es el hombre que debe cambiar para tener un México reconciliado en la justicia y el amor.
“Bienaventurados los misericordiosos, porque ellos alcanzarán misericordia” Es la proclamación de la felicidad bíblica que se construye disponiéndonos a perdonar, pero que también nos lleva a acercarnos a los demás con actitud de compartir la vida con toda su carga de sufrimientos y debilidades. Ser misericordioso es tanto como respetar a los necesitados y a los débiles, perdonar a los que nos han injuriado, servir al prójimo y tener disponibilidad para la escucha sincera y el diálogo.
“Bienaventurados los que construyan la paz”. Que es tanto como cultivar sentimientos de paciencia y comprensión, pero también ser artífices de una convivencia en el respeto mutuo, animados por el amor. La disponibilidad a la no violencia es una actitud profundamente revolucionaria; quien predica y vive la bienaventuranza de la paz se compromete a denunciar con valentía las situaciones de pecado, las estructuras de muerte y de injusticia, impulsados por la consigna de “vencer el mal con el bien”.
En el ambiente de estos festejos patrios queremos felicitar a nuestro país con un lenguaje evangélico:
- Bienaventurado México, si impulsado por el recuerdo de tu pasado histórico, construido sobre los cimientos de la predicación evangélica, te decides a iniciar una nueva era en la que todas las diferencias sean dirimidas por los caminos del diálogo y se superen las tendencias al uso de la violencia y la destrucción.
- Bienaventurado México, si tus dirigentes conducen tus designios con espíritu de servicio, con respeto a la verdad y a la justicia; nunca privilegiando decisiones inspiradas en el egoísmo y la codicia.
- Bienaventurado serás si en el corazón de todos tus hijos se madura el respeto por la vida humana en la que descubrimos un destello de la gloria de Dios y jamás una simple mercancía que se maltrata y se destruye con el fin perverso de la ganancia o el lucro inhumano.
- Bienaventurado México, si sabes aprovechar estos festejos patrios para atreverte a conquistar el destino de grandeza que el Señor de la historia te tiene reservado y para el cual te preparó desde tu nacimiento como nación independiente.
- Bienaventurado México que tienes el ideal de reconciliación en el rostro mestizo de Nuestra Señora de Guadalupe; en su cara están fundidas las diferencias raciales para convertirse en la imagen de una mujer que es madre de familia, la que a todos nos acumula y en su regazo nos fraterniza en el afecto y en la tarea de construir la Casa común que es la Patria.
Que ella interceda por nosotros, invocándola como lo hacemos habitualmente con confianza filial:
¡Santa María de Guadalupe, Reina de México; conserva nuestra fe y salva nuestra Patria!
León, Gto., en la Santa Iglesia Catedral de la Madre Santísima de la Luz, el Miércoles 15 de Septiembre del 2010.
† José G. Martín Rábago
Arzobispo de León |